El sufrimiento de las víctimas de ETA. Una mirada psicológica.

 

Este artículo está basado en un trabajo, de varios años, de investigación y tratamiento psicológico de familias víctimas del terrorismo. A través de la experiencia con casos reales, aborda las dificultades y los retos en el proceso de curación de sus heridas. La comprensión de las víctimas es una de las claves para un proceso de paz verdadera. La sociedad y su representación política no pueden huir de su responsabilidad frente a este colectivo para contribuir a su “recuperación” en un doble sentido: facilitarles el proceso de curación y permitir que las víctimas aporten sus experiencias en la construcción de una sociedad mejor.

 

 

La derogación de la Doctrina Parot, por la sentencia del Tribunal Europeo de Derechos Humanos, ha conducido a la excarcelación de presos de ETA. A través de las protestas de las víctimas, hemos sido testigos de sus emociones: dolor, miedo, rabia, odio, indignación, incomprensión, desamparo político y pérdida de confianza en la Justicia.

Estas reacciones, desde el punto de vista psicológico, sólo se pueden entender si tenemos en cuenta el impacto del terrorismo sobre las familias víctimas, y cómo estas han sido tratadas por el gobierno y sus instituciones durante muchos años.

A partir de los atentados, muchas víctimas y sus familiares desarrollaron trastornos mentales y psicosomáticos. Investigaciones actuales desarrolladas por el Equipo de Investigación Seguimiento de las Víctimas del Terrorismo de la Universidad Complutense de Madrid, describen como la prevalencia de estos trastornos, a pesar de que ha pasado una media de 26 años de estos hechos, sigue siendo mayor que en la población general.

Durante varios años de mi trayectoria profesional he estado dedicada a la atención de personas traumatizadas. Procuro entender, en el caso del terrorismo, por qué sus heridas siguen tan vivas a pesar del paso de los años. El problema es que la recuperación de este tipo de traumas no sólo es individual, sino que implica factores familiares, sociales, políticos y jurídicos.

Voy a utilizar algunos casos de personas que he atendido para intentar que comprendamos mejor estos hechos. Para mantener la confidencialidad, he cambiado los nombres y suprimido las fechas de los atentados.

 

El problema de los duelos sin superar

 

Empecemos con el caso de Ana. Ella perdió a su hija de 11 años en un atentado en Barcelona. Sus cuatro hijos quedaron sepultados bajo los escombros, y tres fueron rescatados con vida, excepto la hija mayor.

 

A partir de ese momento, la madre presentó dificultades para superar el duelo. Veinte años después, cuando la conocí, en su casa no se hablaba del tema. “Nada más mentarla se viene abajo”, nos dijo la familia. En los cuestionarios que le apliqué pude constatar que el tiempo se había quedado detenido en su psique herida. Resumo aquí algunos ítems:

“Pienso tanto en la persona que ha fallecido que me resulta difícil hacer las cosas como las hacía antes de perderla. No puedo creer que haya ocurrido. Los recuerdos de la persona que murió me trastornan. Siento que no puedo aceptar su muerte. Anhelo a la persona que murió. No puedo evitar sentirme enfadada y amargada con su muerte. Desde que ella murió me resulta difícil confiar en la gente. Siento que la vida está vacía sin ella. Siento que es injusto que yo viva mientras que ella ha muerto. Siento envidia de otras personas que no han perdido a nadie cercano y me siento sola la mayor parte del tiempo desde que ella ha muerto.”

Por desgracia, el caso de Ana no es excepcional entre las víctimas. El problema es que numerosas familias no han podido superar el trauma de la pérdida. Muchas viudas, o madres como el caso de Ana, se deprimieron tanto que el resto de sus familiares entendieron que no se podía hablar de lo que sucedió para que la tristeza no se convirtiese en un río de lágrimas que lo desbordase todo. El tema del asesinato se convirtió en tabú. Otras viudas se revistieron con una coraza de fortaleza para sacar adelante a sus hijos. En ambos casos, al no poder conectarse con sus emociones y expresarlas entre los suyos les hizo pagar un alto precio: no han podido cerrar sus heridas. A los huérfanos de estas familias les sucedió lo mismo. Al principio, estos mecanismos les ayudaron, pero sin ayuda del exterior no han podido encontrar formas más sanas de superar sus pérdidas. Se han sentido solas y aisladas, abandonadas a su suerte.

Me parece importante decir que muchas de estas personas nunca habían recibido asistencia psicológica y el contacto conmigo lo tuvieron después de una media de veinte años de haber sufrido estos sucesos. Bien es cierto que la víctima del trauma tiende a evitar el tratamiento, porque tiene miedo a revivir el sufrimiento, y que estas personas pertenecen a una generación con poca “cultura de ayuda psicológica”. La realidad es que se ha carecido de programas y servicios de intervención especializados en este colectivo, que tuviesen en cuenta estos criterios y que se acercasen a la víctima. La resultante ha sido que los trastornos que padecen se hicieron crónicos, lo que hecho más difícil su recuperación.

Teresa es la viuda de un policía nacional muerto en atentado terrorista en San Sebastián. Han transcurrido más de treinta años, pero ella conserva aún su ropa en el armario. “Lo quería más que a mi vida. Yo salía a la calle orgullosa de su mano. Lo tuve todo y en un segundo me cambió la vida. Yo tenía ganas de morirme y, sin embargo, tenía que sacar adelante a mis hijos. Llevé luto riguroso durante ocho años, en la flor de mi vida, y por dentro he seguido de luto. He llorado y sigo llorando en solitario, pero nadie me ha visto llorar. Mi hijo tuvo que comulgar en la misa al año de la muerte de su padre y eso lo llevo clavado en el corazón.”

Otro elemento importante para entender el proceso por el que han pasado estas mujeres es el hecho de que pertenecen a una generación en que el asesinato de sus esposos les robó sus sueños de mujer. Perdieron para siempre su proyecto de vida junto a un hombre y sólo les quedó el consuelo de la maternidad en solitario.

Teresa no puede aceptar la muerte de su marido. Se rebela ante un destino que ella no escribió: “¡No tenía por qué haber pasado, me niego a aceptarlo, no hay derecho a quitarle la vida a nadie! ¡No es justo que una persona vaya a ganar el pan de sus hijos y que lo maten!”

A veces, el dolor y la agresión han sido tan devastadores que uno siente que lo que le han hecho es imperdonable. Es muy difícil aceptar que ha sido otro ser humano el causante de semejante daño. Las personas superan mejor los traumas ocasionados por la naturaleza que los generados por la mano del hombre.

Eva perdió a su marido, también policía nacional, en el mismo atentado que Teresa. Tenía 25 años y tres hijos pequeños. Cuando le pregunté como había vivido la pérdida me dijo: “Se me calló encima el mundo. Fue como un tsunami.”

 Ángela fue pareja de hecho de otro policía nacional con el que tuvo tres hijas, muerto en atentado terrorista en el País Vasco. Ella  nos asegura: “cuando lo perdí sentí como si me hubiesen quitado un trozo de mí. Cada vez que visito su tumba en el cementerio vuelvo a sentir lo mismo”.

Ángela se ha quedado fijada en el anhelo de su marido. Incapaz de pasar página le llora a un retrato que tiene colgado en el comedor de su casa con el que habla diariamente, le dice los buenos días y las buenas noches, y se desahoga con él como si estuviese vivo. “Si lo olvidase, él dejaría de existir y no quiero.”

Estas mujeres no saben recordar a sus muertos sin sufrir. Nadie les enseñó a superar el dolor, en su momento. Cuando las personas son incapaces de resolver sus duelos, esta situación les coloca en una situación de gran vulnerabilidad afectiva y las predispone a sufrir otro tipo de enfermedades mentales y psicosomáticas.

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