¿Cómo reconocer el nivel de madurez de una persona?

Podríamos decir que existe una linea continua que va desde la inmadurez a la madurez y cada uno de nosotros estaríamos localizados en un punto de ese continuum. Y no sólo eso, sino que además nuestra madurez es diferente en los diferentes ámbitos de nuestra vida. Por ejemplo: es posible que seamos muy maduros en el terreno laboral y gestionemos muy bien nuestro trabajo y tengamos más dificultades en el terreno de las relaciones con los compañeros o con nuestro superior. O quizá nuestro desempeño laboral sea más dificultoso pero gestionemos muy bien nuestra vida privada.

Pero ¿qué significa ser maduro? ¿va relacionado con nuestra edad cronológica? Podríamos decir que uno va madurando al cumplir años, pero eso solo no garantiza nada. Todos conocemos casos de personas adultas que se comportan de una manera infantil o poco madura. El ser humano es más maduro a medida que es más él mismo, es decir, es más autentico en su individualidad o idiosincrasia.

Intentando responder la pregunta del título diríamos que un primer aspecto a tener en cuenta al valorar la madurez de una persona es ver cómo se relaciona ésta con sus debilidades, con esos temas que todos tenemos que nos generan dolor o malestar, por ejemplo: ¿cómo llevo yo sentirme poco valorada en casa? ¿cómo me posiciono frente a compañeros invasivos o retadores? ¿cómo gestiono mis dificultades a la hora de educar a mis hijos? ¿me cuesta darme en la intimidad y me retiro?. Estas y otras dificultades que todos podemos tener y que forman parte de nuestra vida, de nuestra personalidad,  son nuestro talón de Aquiles que tenemos que manejar de manera saludable. ¿Es posible cambiar esas partes nuestras que nos afectan negativamente? los psicólogos a menudo, presos de un entusiasmo exagerado, dicen que sí. Pero otros psicólogos, como la doctora Boglarka Hadinger que es una de mis preferidas, diría que intentar cambiar totalmente esos aspectos puede ser frustrante si no se consigue.

Hay que intentar conocernos primero y luego aprender a contenernos, a manejarnos, a vivir con ello mejor y porqué no, a cambiar lo que podamos. Ella las llama “las espinas” de nuestra personalidad. Estas espinas que de manera genética o aprendida se instalaron en nuestro repertorio de conducta y emociones quizás nos fueron útiles en algunos momentos de nuestra vida para sobrellevar situaciones:  “si mi padre era muy autoritario, yo voy a ser muy evitativa  para no arriesgarme a recibir la bronca o voy a ser muy modosita y a intentar agradar a todos, olvidándome de lo que me agrada a mi…” . Estos podrían ser algunos ejemplos de situaciones posibles, aunque como no son matemáticas olvidémonos de las reglas de tres.

El ser humano es tan rico en opciones, que es preciso conocer a cada uno en un individualidad, en su riqueza única. Seguiremos hablando de la madurez.