Self y sincronicidad: Donde materia y psique se confunden

  1. Introducción

La forma física y hasta algunos trazos psicológicos del hombre son explicados por la biología como resultado de cruzamientos de informaciones genéticas de los padres. Cada individuo tiene por lo menos dos informaciones acerca de cada característica, a veces más, como en el caso del color de los ojos o de la piel. Entonces al final el resultado que sale, la combinación que resulta del encuentro de ovulo y espermatozoide es fruto del acaso, de la suerte.

Diversas corrientes psicológicas, desde su enfoque, buscan explicar la personalidad del individuo, algunas como resultado de las experiencias y del medio ambiente en que desarrolla el niño, y otras, ya suman a esa influencia externa una calidad interior pre-existente, como es el caso de la teoría junguiana. Para Jung, todos nacemos con una predisposición a determinadas respuestas al medio. Así, él explica porque hermanos, incluso gemelos, responden de manera diferente a situaciones muy parecidas. Para esta corriente psicológica, el hombre está vinculado a una imagen primordial de sí mismo, pero esa nunca puede ser alcanzada directamente, manifestándose a través de símbolos, sueños, sincronicidades, de manera que el hombre pasa toda su vida realizando y buscando esa esencia, esa verdad interior que Jung llama de Self.

Fordham (1979) afirma que el misterio del hombre nunca puede ser descubierto, y que está relacionado con el Self, que se manifiesta en el individuo de diversas maneras, como los diferentes aspectos de la personalidad de uno, como la sombra, la persona, animus y anima, etc. En ese sentido, el misterio del hombre es lo mismo que el misterio del arquetipo, así, toda la concepción de Self, como totalidad de la psique, toma otra dimensión, pues al entender la psique como contenedora de todos los niveles, físico, emocional, mental y espiritual, y el Self como todo eso, remite a la siguiente cuestión: ¿Será que todo el ser es un Self?, Y si es, ¿Será que todos los aspectos del individuo, desde el cuerpo físico, hasta la personalidad son manifestaciones de ese arquetipo?

Entonces, el misterio de la combinación genética se encuentra con el misterio del Self, y así, surge otro interrogante: ¿será la combinación genética una sincronicidad provocada por la manifestación del arquetipo del Sí mismo?

 

  1. Los arquetipos del inconsciente colectivo

De acuerdo con el modelo de psique junguiano, las informaciones son organizadas en la psique en estructuras predefinidas y separadas por temas, llamadas arquetipos. Esos son estructuras vacías de contenido, pero que atraen para su entorno toda información relacionada con ellos. Así, por ejemplo, todas las experiencias, contenidos afectivos y cognoscitivos referentes a la madre o maternidad, son organizadas juntas, en torno del Arquetipo de la Madre. A pesar de estar este arquetipo presente en el inconsciente colectivo, o sea, accesible a todos seres humanos, al relacionarse con contenidos personales, reciben un sentido o una significación personal. En ese sentido, cada individuo tiene su relación con cada arquetipo, de manera más o menos consciente.

De la misma manera que los animales tienen un repertorio de respuestas a determinadas situaciones, los hombres también los tienen. En los animales esos repertorios son llamados “mecanismos de activación innatos”, son heredados por toda la especie registrados en el sistema nervioso central y son activados cuando ellos se encuentren en determinada situación por los estímulos apropiados denominados “estímulos señales”. Cuando son activados esos mecanismos, el animal responde de acuerdo con una pauta de comportamiento adaptada a la situación (Stevens, 1994). De la misma manera, los hombres heredan arquetipos para organizar sus experiencias y acciones y ellos son activados cuando se presenta en la vida del individuo contenidos relacionados con cada estructura arquetípica, de modo que hay un arquetipo para cada situación típica de la vida. “Así pues, los arquetipos nos predisponen a enfocar la vida y a vivirla de determinadas maneras, de acuerdo con pautas previamente dispuestas en la psique. Es más, organizan las percepciones y las experiencias para ajustarlas a la pauta. (…) Cada uno de estos arquetipos forma parte de la dotación global que la evolución nos entrega como equipamiento para la vida” (Stevens, 1994: 50).

Es importante destacar una vez más, que los arquetipos no tienen contenido en sí, son vacios, determinados apenas por la forma, pues una idea primordial puede ser determinada por el contenido apenas cuando se vuelve consciente y es llena con el material de las experiencias conscientes. Jung (2002) los compara al sistema axial de un cristal, que de la misma manera forma previamente su estructura en el liquido-madre  a pesar de él mismo no tener todavía una existencia material.

Es substancial también enfatizar la diferencia entre el arquetipo como tal y las imágenes arquetípicas. El arquetipo como tal es profundamente inconsciente y, por lo tanto incognoscible, apenas puede ser percibido por sus fragmentos, cuando se manifiesta. Tales manifestaciones son las imágenes arquetípicas, que más que imágenes, son también símbolos, sentimientos, ideas, comportamientos y hasta sincronicidades. Así, todo arquetipo tiene en su esencia un cierto misterio, una parte inaccesible.

Cuando esta energía, en estado potencial, se actualiza, toma forma, entonces tendremos la imagen arquetípica. No podremos denominar esta imagen del arquetipo, pues el arquetipo es únicamente una virtualidad. Nunca nos maravillaremos bastante se pensamos en ese prodigioso fenómeno que es la formación de imágenes interiores. Como ellas se configuran a cuesta de energía psíquica, nadie sabe. También no se conoce como se dan las transformaciones energéticas de las cascadas en luz (…). Pero la prueba de la transformación de energía psíquica en imágenes es dada a nosotros todas las noches en nuestros propios sueños (…). (Silveira, 1981: 68, portugués en el original)

 

Jung (2000a) caracteriza también el arquetipo en sí como de naturaleza psicoide, o sea, no es ni totalmente psíquico ni totalmente material. Él afirma:

“El arquetipo como tal es un factor psicoide perteneciente, por así decir, a la parte invisible y ultravioleta del espectro psíquico. (…) la verdadera naturaleza del arquetipo es incapaz de volverse consciente, es decir, es trascedente, razón por la cual la llamo psicoide. (…) Como la psique y la materia están encerradas en uno único y mismo mundo, y, además, se encuentran permanentemente en contacto entre sí, y en última análisis, se acomodan sobre factores trascendentes y no representables, no hay apenas posibilidad, sino más bien cierta probabilidad de que materia y psique sean dos aspectos diferentes de una única y misma cosa. Los fenómenos de sincronicidad, al que me parece, apuntan hacia eso, pues muestran que lo no-psíquico puede comportarse como psíquico, y vice-versa, sin la presencia de un nexo causal entre ellos” (Jung, 2000a: §417-418, portugués en el original).

 

Con eso, el alcance de las manifestaciones arquetípicas se vuelve mucho más complejo que un simple fenómeno psíquico. Con eso, Jung abre la posibilidad, o mejor dicho, la probabilidad de que los procesos psíquicos afectan al mundo material. Esto es también conocido hoy por la física cuántica, que en experiencias acerca de los electrones percibió la influencia del observador en el comportamiento de esa “partícula”, o sea, la física, así como la psicología junguiana demuestran la participación activa del sujeto en los eventos materiales que antes eran tomados como independientes de él, como por ejemplo las coincidencias.

  1. La realización del Self

Como vimos una función de los arquetipos es organizar las experiencias, de modo que aquellas relacionadas con determinado tema se “unen” a la estructura arquetípica, dando a ella contenido. Entonces, hay en la psique un aglomerado de informaciones acerca de la Madre, que definen las reacciones de los individuos con esa temática, y que también dan a la figura materna una significación personal. De la misma manera, es necesario un arquetipo que se refiera al sentido de identidad del individuo y que reúna en torno de si las informaciones que sirven para definir “quién soy yo”, originando lo que es conocido como Ego o complejo del Yo. Ese arquetipo ligado al Yo es llamado Self.

El Self es entendido tanto como el arquetipo que organiza el Yo, así como el principio integrador y totalizador de la psique, que forma en consecuencia la totalidad de la psique, abarcando consciente e inconsciente. Claro que uno no excluye al otro (al contrario de lo que defienden algunos autores como Fordham, 1979), justamente por ser integrador puede ofrecer al Yo un sentido más amplio de Si mismo. Así, para Jung, la esencia de la personalidad del hombre está en el arquetipo del Self y toda la vida sería una manifestación de ese arquetipo. Es lo que el autor llama de proceso de individuación, o sea, lo proceso por el cual el sujeto realiza su esencia, aproximándose cada vez más de Sí mismo, del Self.

Entre las principales funciones de ese arquetipo están la adaptación del sujeto a las diferentes situaciones de la vida, no sólo al entorno como también a Dios y a la vida misma. Otra función del Sí-mismo es la integración de los contenidos disociados del sujeto. Pero su principal razón de ser es alcanzar la mayor autorrealización posible, en la psique y en el mundo. Así, toda manifestación del Self es realizada con el objetivo de traer el individuo hacia el Sí-mismo. En ese sentido, Jung (Stevens, 1994) defiende que toda la personalidad ya está presente potencialmente desde el momento en que nace el sujeto, siendo el ambiente apenas un estimulo para manifestarla.

El Self como los demás arquetipos tiene su carácter psicoide, siendo entonces inaccesible para la conciencia y diferente de la materia y de la psique, manifestándose en ambos. Así, llega la cuestión de ¿hasta qué punto lo que somos es una presentación del arquetipo?

La teoría junguiana postula que una de las maneras por la cuales el arquetipo se manifiesta en la materia es a través de sincronicidades. Lo que se entiende usualmente por estas son las sucesiones de coincidencias no causales que pasan por la vida y que no pueden ser explicadas, por ejemplo: una persona sueña con alguien que no ve hace diez años y inesperadamente en el día siguiente recibe un correo electrónico de esa persona hablando de un tema muy actual en la vida del soñador. Sin embargo las sincronicidades pueden ser mucho más complejas, como por ejemplo, el hecho de uno nacer en determinada familia, en determinado lugar del mundo, en determinado lugar en el tiempo.

Según Jung (citado en Silveira, 1981) lo que diferencia un hecho sincrónico es la significación que le da la persona, además de la imposibilidad de descubrir la conexión causal entre tales hechos. La sincronicidad se refiere a un paralelismo del espacio y del significado de acontecimientos psíquicos y psicofísicos, que hasta hoy no pudo ser explicado por la ciencia. Jung (2000b) postula que el término mismo nada explica, expresando apenas la presencia de coincidencias significativas que son acontecimientos “causales” pero tan improbables que obligan a admitir la existencia de algún principio o propiedad que los provoca.

Así, tomando el Self como la personalidad total, potencial y virtual del ser humano, y que tiene la tendencia a manifestarse, es posible concluir que la activación de tal arquetipo se dará en el sentido de aproximar la “cosa” hombre de su esencia, y tornarlo una representación más fiel de lo que es su potencialidad. Entonces, es viable considerar que la primera sincronicidad que ocurre como manifestación del arquetipo del Self es la combinación de los códigos genéticos de los padres, con el objetivo de que tales herencias puedan favorecer de alguna manera la expresión o realización de la personalidad.

  1. Conclusión

Finalmente, es meritorio recordar que todo lo dicho anteriormente son teorías, muy difíciles de ser comprobadas, pero que no por esto, la conexión lógica entre ellas puede ser rechazada. Concluyendo entonces, postulo que si el hombre trae antes de nacer la potencialidad de su personalidad y esta está en el arquetipo del Self, cuya razón de ser es buscar su autorrealización, es muy natural pensar que toda realidad del individuo provocada por una sincronicidad, o por un misterio, es fruto de una manifestación de ese arquetipo, incluso su combinación genética y, con eso, su forma física y rasgos psicológicos.

 

 

Referencias Bibliográficas: 

Fordham, Michael (1979). The Self as an Imaginative Construct. In.:Journal of Analytical Psychology, 24:18-30.

Jung, C. G. (2000a). A natureza da psique. Obras Completas de C. G. Jung volume VIII/2. Tradução de Pe. Dom Mateus Ramalho Rocha Petrópolis, RJ: Editora Vozes.

Jung, C. G. (2000b). Sincronicidade. Obras Completas de C. G. Jung volume VIII/3, 10ª edição. Tradução de Pe. Dom Mateus Ramalho Rocha, OSB. Petrópolis: Editora Vozes.

Jung, C. G. (2002). Os Arquétipos e o Inconsciente Coletivo. Obras Completas de C. G. Jung volume IX/1, 2ª edição. Tradução de Maria Luíza Appy, Dora Mariana R. Ferreira da Silva. Petrópolis, RJ: Editora Vozes.

Silveira, Nise da (1981). Jung: vida e obra. Coleção Vida e Obra, 7ª edição. Rio de Janeiro: Editora Paz e Terra.

Stevens, Anthony (1994). Jung o la búsqueda de la identidad. Madrid: Editorial Debate SA, 1994.