Raíces de la violencia. Un estudio para pensar la cuestión de la diferencia

El género como categoría social

Hace unos días, en medio de un debate abierto sobre psicoanálisis y género, un colega mencionaba que cuando se hace referencia a cuestiones de género se alude casi siempre a las mujeres; es decir que cuando aparece este término en algún lado («estudios de género’’,  «perspectiva de género’’, «violencia de género’’) gran cantidad de veces se está haciendo referencia al género femenino. Esto me hizo pensar. Hay algo de cierto en esto, pero ¿se alude la mayoría de las veces a las mujeres cuándo se habla de género o eso es lo que se sobreentiende?  Hay un cierto equívoco que se produce con este concepto, porque el género en sí no alude ni a las mujeres ni a los hombres. Creo que es con relación a la violencia de género en particular en donde más se presenta este desliz en tanto hay un conocimiento público de que son las mujeres las principales receptoras de violencia y no los hombres.

Sin embargo, sí es cierto que la cuestión del género está íntimamente ligada a la historia y la situación de las mujeres. De hecho el concepto de género surge de la mano del feminismo con el objeto de poner sobre el tapete las constantes desigualdades que se perpetúan entre hombres y mujeres, entendiendo que en esta historia de inequidades las mujeres se han llevado la peor parte.

La categoría de género surge como algo distinto al sexo, precisamente para marcar su diferencia. Mientras el sexo hace referencia al dato biológico: mujer-hombre, el género alude a lo que social, psicológica y culturalmente se espera de un hombre o de una mujer en un momento y en un lugar determinados, y de ahí surgen lo femenino y lo masculino. Por ejemplo, de modo general, sabemos que después hay excepciones, en nuestra cultura se espera de las mujeres que se depilen.

Es verdad que estamos en un momento en que las características que definían a los géneros se han puesto en cuestionamiento y se atraviesa un período de mayor flexibilidad en este punto; no obstante aún con sus variaciones, el género sigue estando presente. Ahora bien, podemos cuestionar hasta qué punto «se espera´´ que los sujetos respondan a un género; si el género es una categoría completamente construida cultural y socialmente o si se apoya en parte en ciertas características esenciales de cada sexo; si existen feminidades o masculinidades puras; si hay solamente dos géneros…más aún, algunas posturas sostienen que la noción de «sujeto´´ asignada por el lenguaje es una construcción masculinista que niega la posibilidad estructural y semántica de un género femenino. Como vemos, el debate puede ser amplísimo, y de hecho, no hay en este punto conceptos cerrados sino posturas en constante interacción. Sin embargo, hoy en día se siguen escuchando chistes como «te vas a tener que comprar una escopeta´´ dirigidos al padre de una nena que nace, mientras que eso jamás se dice cuando el recién llegado es un varón. Entonces, aún cuando actualmente podamos creer que el peso que tienen estas categorías es mucho más «light´´en comparación con otras épocas (lo cual además creo que es cierto), eso no quiere decir que no haya cuestiones a pensar acerca de la impronta actual de éstas, e incluso sobre la huella que han dejado en generaciones de  cuales nosotros venimos. Es en este punto que quiero detenerme a formular algunas preguntas: ¿Cómo se construyen esas categorías? ¿Quién o quiénes se encargan de decir qué caracteriza a lo femenino y qué a lo masculino? Y una pregunta más interesante aún, ¿responden a algún interés estas distribuciones? ¿Están al servicio de algún sistema de poder?

 

La cuestión de la violencia

Tal como mencionaba anteriormente, cuando se habla de «violencia de género’’ se hace referencia casi exclusivamente a la violencia de la que son objeto las mujeres (por el hecho mismo de ser mujeres) y que es llevada a cabo en su gran mayoría por los hombres. Digo en su gran mayoría porque entiendo que muchas veces la perpetuación de una actitud violenta para con las mujeres es sostenida por sujetos de su mismo sexo (madres, abuelas, educadoras, etc.).

Ahora bien, que hablar de violencia de género sea casi lo mismo que hablar de violencia contra el género femenino o violencia contra las mujeres (lo cual no quiere decir que sean sinónimos) responde en principio a una cuestión estadística; esto es, hay más, bastantes más, mujeres que sufren violencia por parte de hombres que al revés. Una de las últimas formas de nombrar uno de estos modos de violencia ejercidos contra la mujer es la categoría de «femicidio´´. Se trata de hombres que matan a mujeres, y en muchas ocasiones esas mujeres son su pareja, o lo fueron, o ellos hubieran querido que lo sea. «La maté porque era mía´´ es la frase que circula como leiv motiv para designar estos casos. Según el Informe de Investigación sobre Femicidios en Argentina en los últimos años la cifra de femicidios ha ido subiendo hasta llegar a 282 en el 2011. De todos modos, si bien la muerte es el paroxismo de la violencia contra la mujer, hay muchas otras formas de maltrato, abuso, discriminación y opresión que completan la gama: tráfico de mujeres para prostituir, abuso sexual, daño físico, acoso, degradación mediante la palabra, privación de la libertad, etc.  Algunas de estas formas son incluso tan sutiles que muchas mujeres no tienen registro de que eso es violencia también. No es algo raro escuchar de una mujer en análisis que los celos posesivos de su pareja (prohibirles salidas, revisarles la ropa interior, golpearlas o gritarles porque se sienten inseguros de su fidelidad…) son una señal de que ella les importa; que si bien las agobian, las hacen sentir «seguras´´ de su amor. En ocasiones pienso que las formas más sutiles son doblemente peligrosas en tanto no hay conciencia de ellas e incluso las propias mujeres las sostienen como un «halago´´. El asedio de uno o varios hombres en un boliche es para muchas mujeres un signo de que son atractivas y deseadas y jamás se cuestionan por qué esos hombres se sienten con derecho a tratarlas así (desde perseguirlas todo el tiempo hasta tocarlas, forcejearlas, insultarlas si ellas no quieren estar con ellos, etc.) o por qué ellas mismas se prestan o incluso hasta incentivan ese «juego´´. Ejemplos como este dan cuenta de una herencia que arrastran las mujeres, la herencia de agradar a los demás, de «SER´´ en tanto son elegidas por un hombre, aún cuando ni siquiera les guste quién las elige. Pero ¿por qué aún hoy algunas mujeres siguen soportando cosas como estas? ¿Por qué muchos hombres siguen creyendo que las mujeres son objetos de uso o sienten que por ser ellas sus parejas o sus hijas son de su propiedad, por ejemplo? Esto tiene que ver con muchas cosas, sin duda, pero hay algo ineludible y se trata de una larga historia detrás nuestro que ha marcado durante mucho tiempo los ritmos de las relaciones entre mujeres y hombres; que ha dejado marcas a fuego (en la cultura, en el inconciente, en los cuerpos, en la descendencia), de los lugares que un hombre y una mujer tenían que ocupar. Claro que la situación de mujeres y hombres no es la misma que hace 200 años, ni tampoco que hace 50 años, pero hay cierta fibra nuclear que aún persiste y que podrá seguir persistiendo en la medida en que no se aborde profundamente la cuestión de la diferencia. Todos los seres humanos somos diferentes y únicos, si, pero entre hombres y mujeres existe la diferencia más radical, la diferencia primera, casi podríamos decir la primer distinción que se hace de alguien al nacer. Y si hay algo difícil de soportar es la cuestión de la diferencia. Lo diferente genera temor, impotencia, agresión, deseos de extinguirlo, de subordinarlo, de «tener la razón´´. No digo que siempre lo diferente genere esto, de hecho lo distinto puede ser fuente de nuevas posibilidades, de apertura, de crecimiento, de evolución; pero no siempre las cosas son de este modo.

Me interesaría entonces hacer un breve recorrido por la historia de las mujeres, que sin duda es la historia de los hombres también, o al menos es una referencia constante a los hombres, para poder ver cuáles fueron los lugares que les han tocado jugar a los diferentes sexos a lo largo del tiempo y qué de esa historia sigue presente hoy. Las preguntas serían ¿Cuáles son las raíces de la actual violencia contra las mujeres? ¿Desde cuándo existe esta situación? ¿Es posible conmover algo tan establecido sin meterse con sus orígenes, con aquello que lo ha sostenido durante tanto tiempo? Tengo la idea de que en la medida en que podamos saber de esa historia, conocerla y hacerla conciente, habrá más posibilidades de poder hacer algo distinto con eso, de saber que las cosas no son así por orden divino sino que en algún momento se acomodaron de cierto modo para que fueran funcionales a algo, a alguien(es). Aún así, la historia no se modifica, pero uno puede pararse en una posición distinta respecto a ella…padecerla o usarla para crecer.

 

Las mujeres en la historia

Lo que comúnmente podemos conocer o saber acerca de la situación de la mujer en la historia es todo aquello que ha sucedido durante el patriarcado o régimen patriarcal. No existen documentos escritos que  den cuenta de los modos de organización de la humanidad previos a este estadío, sino teorías e hipótesis hechas en base a reconstrucciones histórico jurídicas, excavaciones arqueológicas y suposiciones lógicas. Algunas de esas teorías, como la de J.J. Bachofen sostienen la existencia de un estadío previo al patriarcal; de hecho dos estadíos. El primero, caracterizado por la promiscuidad sexual, la cual dio como resultado el hecho de que sólo la madre fuera certera en tanto progenitora. Esto le otorgó a la mujer una posición de gran respeto y veneración en tanto dadora de vida y constituyó una forma de organización denominada matriarcado o ginecocracia (segundo estadío).

Por su parte, la famosa antropóloga Marija Gimbutas ha encontrado en sus excavaciones testimonios de «…sociedades pacíficas e igualitarias que profesaban una religión naturalista en sus cultos a la Diosa Madre y a otras diosas agrarias y locales´´(1) 

En cuanto al motivo y al modo en que se produjo el paso del sistema matriarcal al patriarcado tampoco hay certezas. Es probable que se haya tratado de invasiones de pueblos guerreros que manejaran el hierro y por tanto las armas; también hay diferentes teorías respecto de este punto.  En su libro «Matria. El horizonte de lo posible´´ Victoria Sendón de León dedica un capítulo a dar cuenta de cómo el inicio del patriarcado estuvo sostenido en la alteración de toda una serie de símbolos del prestigio y el poder femeninos: «el poder de la Diosa Madre y el de las diosas de la fertilidad, que habían reinado hasta entonces en las sociedades pre patriarcales, fueron ridiculizados, invertidos o ignorados, contravalores proyectados sobre las propias mujeres. Después vinieron las definiciones de género, que las presentaban como seres incompletos o castrados, y a los varones como representantes de lo humano´´. (2)

En cuanto al patriarcado, este se ha caracterizado por ser un tipo de organización social en la que la autoridad es ejercida por el padre de la familia, quien es a su vez el dueño de su esposa, sus hijos y los bienes. Con el advenimiento del Estado moderno, el poder sobre la vida de la mujer y los hijos pasa «del pater familias al Estado, que garantiza principalmente a través de la ley y la economía, la sujeción de las mujeres al padre, al marido y a los varones en general, impidiendo su constitución como sujetos políticos´´. (3)

Al tener el control sobre las mujeres, el sistema patriarcal se asegura el control de la sexualidad de la mujer, del goce de la mujer (luego veremos la importancia de esto) y de la capacidad reproductiva de ésta. La organización familiar con el padre/marido a la cabeza trajo como resultado que la mujer cambiara su antigua situación de explotación como trabajadora, como prestadora de servicios sexuales y como reproductora a un nuevo modo de sumisión (al marido, al Estado) pero a cambio de «protección´´ y manutención. En este punto no puedo menos que encontrar una similitud con gran cantidad de mujeres que actualmente no se separan de hombres a los que no quieren, o por los que son maltratadas por el hecho de no saber qué o cómo hacer con sus vidas y con las de sus hijos si no tienen el sostén económico de su marido. Aún cuando las leyes exigen que el padre pase a los hijos una manutención (cosa que no en todos los casos se cumple), muchas mujeres creen que no van a poder solas porque siempre estuvieron «bajo´´ el ala del hombre. El orden patriarcal parece haber colaborado con el hecho de que las mujeres adoptaran una posición aniñada en el sentido de la tutela que los hombres ejercían y ejercen respecto de ellas en gran cantidad de casos. (Por lo demás, esta impronta de «dominio´´ es la que persiste hoy en día en muchas de las formas de violencia que se ejercen contra las mujeres). Con esto no quiero decir que efectivamente no sea algo muy complicado para una mujer separarse de alguien que la maltrata, sobre todo si no tiene redes de apoyo que la contengan y la sostengan en ese movimiento, pero sí me parece interesante pensar en el hecho fáctico de que tantas mujeres lleguen a una situación de sujeción tal respecto de un hombre… Por otro lado, está el papel de las políticas de estado. ¿Contiene el estado a una mujer que intenta salirse de una situación de violencia? ¿O los procedimientos estipulados suelen dejar baches que luego de una eventual denuncia la exponen a una potencial violencia redoblada?

 

El cuerpo femenino: deseado, temido, controlado

El cuerpo femenino encarna para el hombre la diferencia radical. A lo largo de la historia los atributos que lo describen dan cuenta de la mezcla de fascinación y horror que este generaba en los hombres. Castración, imperfección, impureza, debilidad…son algunos de los términos con los que el discurso imperante lo ha nombrado. Pero, ¿por qué este cuerpo es capaz de suscitar tales sentimientos? Veamos un poco…

Una característica muy presente en la antigüedad fue la creencia en la propiedad del útero de migrar dentro del cuerpo femenino. Creencia sostenida en la observación de casos de prolapso de útero que llevaron a la teoría del útero migratorio, difundida por mucho tiempo. Esto convirtió a las mujeres en seres misteriosos que albergaban algo oscuro y peligroso en su interior. En su obra titulada «Timeo´´, además de considerar que las mujeres son la reencarnación de aquellos hombres que en su vida anterior fueron cobardes («la encarnación misma de la pusilanimidad humana´´(4)), Platón expone lo siguiente: «Los así llamados úteros y matrices en las mujeres-un animal deseoso de procreación en ellas, que se irrita y enfurece cuando no es fertilizado a tiempo durante un largo período y, errante por todo el cuerpo, obstruye los conductos de aire sin dejar respirar- les ocasiona, por la misma razón, las peores carencias y les provoca variadas enfermedades…´´(5)Me interesa destacar como en esta descripción platónica el útero parece encarnar aquel aspecto del cuerpo femenino que ha generado cierto temor en los hombres (y por qué no en las mujeres también) de todos los tiempos. A ese animal deseoso, que puede enfurecerse y ocasionar todo tipo de males es al que hay que gobernar, controlar… ¿No es el útero una perfecta metáfora del goce femenino, casi tan deseado como temido…?

Por su parte, Aristóteles, uno de los más grandes referentes durante mucho tiempo, consideraba que la mujer era inferior al hombre desde todo punto de vista y justificaba esa inferioridad diciendo que era propia de su naturaleza.Por lo demás no consideraba que las mujeres fueran ciudadanas sino elementos subordinados de la ciudad.

Durante la Edad Media, el discurso médico se supeditó al eclesiástico, haciendo uso este último de teorías erróneas de la antigüedad para justificar sus prédicas acerca de la peligrosidad femenina. Tanto la teoría del útero migratorio (interpretado como un animal deseoso y peligroso) como la debilidad e imperfección femeninas, absolutamente naturalizadas, serán el alegato más fuerte para sustentar el «natural´´ vínculo de la mujer con el pecado y los vicios y lo que fundamentará la necesidad por parte de la iglesia de realizar un exhaustivo control sobre el sexo femenino.

En lo concerniente al goce femenino, los autores de la época compararán el deseo de la mujer con una madera húmeda que, tarda en prender fuego, pero cuando lo hace, arde durante mucho tiempo. (6)

Las concepciones aristotélicas confirman esta insaciabilidad del deseo femenino en tanto afirman que la naturaleza húmeda de la mujer le otorgaría una capacidad ilimitada en el acto sexual. Este goce ilimitado, no regulado, será rápidamente vinculado a una presencia demoníaca dando lugar a una serie de ecuaciones comunes de la época: mujer=demonio, peligro,tentación, pecado, prohibición, engaño, etc. En un momento en que la castidad y el control de los goces carnales constituía la aspiración máxima de todo aquel que quisiera formar parte del reino celestial, el cuerpo femenino, símbolo de la lujuria y los placeres de la carne, sólo podía representar la desviación de lo divino, y por tanto, una de las caras del demonio.

Es durante este período que la figura de la bruja cobra un valor preponderante. Gran cantidad de éstas eran mujeres pobres, solas, lo cual generaba cierta amenaza en tanto estaban por fuera del sistema de control que constituía el matrimonio; no sólo en lo referente a las relaciones sexuales, que eran permitidas únicamente dentro del lecho conyugal y con la finalidad de la procreación, sino también en cuanto a sus ocupaciones. Muchas eran magas, parteras, sanadoras; esto es, mujeres que detentaban cierto saber y que en los niveles más populares ocupaban un rol similar al de los ilustres médicos, varones por excelencia. Además, practicaban diferentes métodos de control de la natalidad, algo repudiado por la iglesia y por tanto, digno de persecución.

Más adelante, la medicina reconocerá que ambos sexos son imprescindibles y complementarios en la procreación; así, la mujer comenzará  a ser honrada en tanto madre, (siempre que fuera dentro de la familia patriarcal, claro). Arma de doble filo, esta veneración la convierte a la vez en protagonista y prisionera del hogar.

Como vemos, el cuerpo de la mujer, encarnación de la diferencia para el hombre, fue el depositario de todo tipo de proyecciones. Creo que en este punto se convierte en un catalizador que permite dar cuenta del tratamiento que ha hecho de la diferencia el discurso patriarcal, discurso que Lacan llamo del Amo (el Amo antiguo).

 

Algunas consideraciones sobre la diferencia

Las mujeres son distintas, indescifrables, locas, lujuriosas o frígidas, brujas, devoradoras insaciables y por eso hay que controlarlas; sino pueden terminar con el hombre. Hoy día muchos hombres siguen llamando a su mujer «la bruja´´. Esta figura representa el saber no académico de las mujeres, vinculado a la Naturaleza, incluso tal vez a la intuición de la que las mujeres hacían uso extraoficialmente y que los hombres de poder (médicos, religiosos..) intentaron extinguir por todos los medios posibles. Pero también hace alusión a aquella que puede usar esos saberes para dañar, para maldecir, para matar. Ese es claramente un temor masculino a la vez que un modo de justificar la necesidad de control. Ubicar a las mujeres en un lugar de inferioridad y sumisión, de objetalidad y de dominio, ¿no fue el modo de protegerse de aquella fuerza que tanto se temía? La violencia suele ser producto de la impotencia, de la sensación de ser avasallado por el otro y es evidente que algo de esto ha de provocar la mujer en el hombre. Lacan menciona que la tensión imaginaria genera una agresividad que se plantea en los términos «o yo o el otro´´. Desde este plano no hay lugar para el otro, rival especular que pone en jaque mi propia integridad. Ahora bien, lo simbólico, ¿hasta que punto ha contribuido a suavizar esa tensión? ¿No ha sido, por el contrario, la construcción simbólica del discurso imperante, discurso del Amo, fálico y hegemónico, una legitimación de la agresividad imaginaria?

A nivel simbólico, la mujer ha encarnado la figura del Otro radical (incluso para sí misma), aquella que no encaja del todo en la horma fálica. Es que las mujeres habitan este universo simbólico; más aún, son, al igual que el resto de los seres hablantes, habitadas por el lenguaje. ¿Y qué les ha pasado a las mujeres con el lugar que les ha sido asignado? Sin duda han sintomatizado. Han hecho y siguen haciendo intentos por encajar en el modelo (no todas, por supuesto). Encajar bajo el modo de condescender al lugar que les fue otorgado, encajar buscando parecerse a los hombres, incluso denunciando lo mal que el hombre hace su papel y dedicando su existencia a esta denuncia. En los análisis de algunas mujeres aparece la referencia constante a la boludez de los hombres, a su impotencia, junto con la fantasía de vengarse de ellos, de aleccionarlos siendo como ellos, duras, insensibles, frías (estas características son sólo un recorte clínico, reflejo de lo que la masculinidad significa para algunas mujeres). Para ellas ser mujer es sinónimo de sufrir y por eso reniegan de ese lugar. Paradójicamente, este camino las conduce a una trampa de padecer constante. Hay aquí un aspecto que ha llamado mi atención y es cierta ligazón de la feminidad y el sufrimiento de un modo bastante frecuente. A esto, entre otras cosas, me refería cuando hablaba de las marcas que la historia de las mujeres ha dejado hoy en día. Por supuesto no paso por alto la relación de los sujetos con el goce, con los significantes propios con los que se han quedado enredados en el padecer particular; esto último atraviesa a todos los seres parlantes. Pero, si tal como propone Lacan, el inconciente es el discurso del Otro, si estos dos tienen una relación mohebiana (inconciente y discurso), ¿no sería lógico pensar que este discurso ha distribuido ciertos modos de goce, en este caso de padecer?

En este punto, y lejos de plantear «la culpabilidad de la víctima´´ ( y en disidencia tanto con el concepto de culpabilidad como con el de víctima), si me parece una pregunta necesaria e interesante la de si la mujer sostiene, en tanto marcas de goce, modos de goce señalados por el discurso, el lugar de la no entendida, la desdichada, la maltratada, la sufriente. E insisto, no estoy diciendo con esto que las mujeres tienen la culpa de estar en ese lugar; durante todo el trabajo he intentado mostrar lo difícil que ha sido para las mujeres convivir con el lugar que les era asignado discursivamente. Pero si creo que para pensar en un cambio de la situación es necesario interrogar tanto un lado como el otro. A la «dominación masculina´´ de la que habla Pierre Bourdieu, ¿cómo respondieron las mujeres? Una de las respuestas fue el odio, la agresividad, la denostación del universo masculino. Y si bien podemos pensar que estas reacciones están más que justificadas teniendo en cuenta todo el odio que el sexo femenino ha tenido que soportar por gran cantidad de culturas (ahora me viene a la cabeza la ablación practicada a algunas mujeres), no parece ser este el camino por el cual se consiga terminar con la violencia, sino todo lo contrario. A decir verdad, no creo que la violencia sea algo que pueda erradicarse, pero definitivamente pienso que las cosas pueden ser de otro modo, que hay un horizonte de lo posible por construir.  Además, el ejercicio de la violencia por parte de los actores individuales, también tiene que ver con cierta legitimación de ésta y en ese punto la cuestión deja de ser personal y se convierte en social, cultural, educacional y política. Por su parte las mujeres tendrán que hacerse cargo de salir a buscar su nuevo lugar, de hacerse responsables de construir una nueva identidad, nuevas formas. Sin embargo, si bien creo que hay muchos aspectos en los que las mujeres tenemos que lograr nuestra propia forma de expresión, nuestro modo particular de ser en el mundo y con el mundo, también creo que este cambio tiene que darse en constante interacción con los hombres, que a su vez tendrán sus movimientos para hacer. Siempre habrá una brecha, la diferencia, que en términos de identidad sexual ya ni siquiera se reduce a hombre o mujer; también están los travestis, los transexuales, lesbianas, gays, queer y quién sabe cuántos más…siempre habrá diferencia. Se trata de vivir con eso.

Desde ya, este es un recorte de la situación, una interpretación personal. Hay mucho por construir en el camino hacia una relación más armónica entre los sujetos, hacia un sistema en el que puedan coexistir las diferencias individuales…

 Lic. Fernanda Trezza

(Artículo publicado en el número de Mayo del 2012 de la revista Actualidad Psicológica)

 

Notas:

(1) Sendón de León, Victoria. «Matria. El horizonte de lo posible´´. Capítulo 3. Pág. 113.

(2) Idem. Pág. 108

(3) Marta Fontenla. «¿Qué es el patriarcado?´´. http://www.nodo50.org/mujeresred/spip.php?article1396[1]

 (4) Sissa, Giulia. Filosofías del género: Platón, Aristóteles y la diferencia sexual. En Historia de las mujeres. Tomo 1. La Antigüedad. Ediciones Taurus, Madrid, 2000. Pág.130

(5) Platón. Timeo. En Diálogos VI (Filebo, Timeo, Critias). Biblioteca Clásica Gredos. Editorial Gredos, Madrid, 1992. Págs.259-260

(6) Thomasset, Claude. “La naturaleza de la mujer”. En “Historia de las mujeres”. Tomo II. La Edad Media. Ediciones Taurus, Madrid, 1992. Pág. 80

Bibliografía:

-Sendón de León, Victoria. «Matria. El horizonte de lo posible´´. España. Siglo XXI editores. 2006.

-Bourdieu, Pierre. «La dominación masculina´´. España. Editorial Anagrama.

-Butler, Judith. «El género en disputa. El feminismo y la subversión de la identidad´´. España. Editorial Paidós. 2007

-De Beauvoir, Simone. «El segundo sexo´´. Buenos Aires. Editorial Sudamericana. 1999

-Irigaray, Luce. «Espéculo de la otra mujer´´. España. Editorial Akal. 2007

-Lacan, Jacques. «Escritos 1. Capítulo 2: La agresividad en psicoanálisis´´. Siglo XXI editores. Decimo cuarta edición en español. 1985

-Lacan, Jacques. «El seminario. Libro XVII: El reverso del Psicoanálisis (1969-1970)´´. Buenos Aires. Ediciones Paidós. 1992

-Fernandez, Ana Maria. «La mujer de la ilusión. Pactos y contratos entre hombres y mujeres.´´. Buenos Aires. Editorial Paidós. 1993.