La decisión de empezar un tratamiento

“El obstáculo me estimula”

Carlos Paez Vilaró

 

Quisiera empezar aclarando, que no hay una forma de hacer de un análisis; cada persona le imprime a su búsqueda su modo personal de manejarse en la vida, su manera de ser, de ver…Por eso, aunque hay ciertos momentos lógicos que forman parte del proceso inherente a un análisis, cada experiencia es absolutamente singular.

 

Empezar

Son distintas las situaciones por las que alguien decide consultar; van desde la curiosidad de saber qué es ir a un psicólogo hasta las consultas que se precipitan en momentos críticos, límite, en de la vida de una persona (accidentes, pérdidas[1], ausencia de deseo, etc.) pasando por aquellos que llegan “porque los mandan”. De todos modos, el motivo por el que alguien llega no necesariamente se corresponde con el compromiso que luego asuma en relación con su búsqueda. Por ejemplo, alguien que va a un psicólogo para “cumplir”, porque lo mandan del colegio, del trabajo, etc., puede empezar a preguntarse cosas, a tener una posición activa respecto a querer saber qué le pasa. Por el contrario, puede ocurrir que alguien que llega con un nivel de angustia muy alto abandone el tratamiento en cuanto la angustia disminuya lo suficiente como para no resultarle insoportable. Por lo demás, es absolutamente respetable que cada persona llegue hasta donde quiera o pueda hacerlo, más allá de que uno pueda considerar, en tal o cual caso, que alguien podría llegar muy lejos si  lograra liberarse, soltarse de ciertas ataduras. Pero siempre se trata de las decisiones del sujeto; siempre se ha tratado de eso.

 

Momentos lógicos (o breve reseña del trayecto)

Como dije anteriormente, lo que pueda esperarse de un análisis dependerá en cierto modo de cada persona, básicamente de hasta dónde alguien quiera llegar. No todo el mundo tiene ganas de meterse con sus zonas de oscuridad (con eso de lo que nada quiere saber), hacer movimientos, cambios. En general suele parecer más fácil evadir, tapar con otras cosas, no pensar y seguir para “adelante”…pero a la larga algo estalla.

Podría señalar diversos momentos, cruciales, por llamarlos de algún modo, en el recorrido de un análisis. El primero es el hecho de consultar, de dar el primer paso, sea por la causa que sea. Luego ubicaría un segundo momento en el pasaje de una posición de queja (quejarse por las cosas que le pasan, considerarse víctima, de los otros, del destino, de la vida, etc.) a una posición responsable; comenzar a responsabilizarse por lo que le pasa (lo cual nada tiene que ver con culpabilizarse, más bien diría que mientras alguien sigue culpabilizándose por algo no logra asumir una posición responsable, resuelta, al respecto). El hacerse responsable implica un corrimiento de mira, desde los otros hasta uno mismo; abre la dimensión de las preguntas, algo así como un: ¿qué tengo que ver yo con esto que me pasa? ¿Por qué dejo o busco que me pase? ¿Qué hago para cortar con la repetición? Y ahí se abre el juego, que muchas veces se parece bastante al juego de la Oca en eso de avanzar cinco casilleros, retroceder dos, avanzar uno, retroceder tres, avanzar cuatro y así. De todos modos, mi experiencia me dice que uno siempre avanza mientras siga en la búsqueda, aunque por momentos retroceda o se sienta detenido; si persiste, uno vuelve a moverse. Y así se llega a otro momento que es el de lograr sostenerse en la búsqueda aún cuando uno no tenga ganas, aún cuando una fuerza muy grande tire en el sentido contrario (la misma fuerza que lleva a repetir las mismas situaciones displacenteras). Claro que con esto no quiero decir que alguien tenga que obligarse a hacer algo que no quiere, porque esto no tendría sentido, de hecho si verdaderamente no quiere en algún momento se terminaría. Definitivamente creo que hay tiempos para cada uno, momentos, que no pueden forzarse (también creo que muchas veces por no esforzarse se pierde el tiempo) y por otro lado también puede pasar que a alguien no le funcione con cierta persona (psicólogo, analista) y en ese caso lo mejor que puede hacer es cambiar de persona (lo cual no es lo mismo que cambiar de persona cada vez que se encuentra frente a un punto difícil de resolver, inclusive con el propio analista).

Pienso que una buena analogía de lo que implica un análisis es la leyenda o el mito de Teseo, el héroe griego que atravesó el laberinto de Creta para dar muerte al Minotauro. Haber transitado y haber llegado al fin del laberinto es sólo una parte de la hazaña, una parte muy importante sin dudas, pero aún queda algo más: “la hora de la verdad”, el acto final. Así como Teseo tuvo que vérselas con el Minotauro para terminar su travesía, cada uno, en el final, tendrá que tomar la decisión de dar el salto (o no). El salto implica soltarse, soltar ciertas costumbres, modos de manejarse, “placeres oscuros”, etc. y cambiarlos por otros, por nuevas formas. Estas últimas definitivamente no están preestablecidas, nadie nos dice qué hay del otro lado, que debería haber. Por eso suele costar este acto final, porque se trata de un salto al vacío. Pero qué mejor que el vacío para hacer surgir de allí algo nuevo. Las grandes obras han surgido de una nada, una hoja en blanco y el deseo de hacer algo con eso. Por lo demás, no creo que lo importante sea lo grande o no de la obra, sino el placer de realizarla.

 

Figurita repetida

Volviendo a los por qué del comienzo de un análisis, es muy frecuente encontrarse de entrada con cosas que se repiten. Alguien llega cansado de tropezar una y otra vez con la misma piedra, de no poder enfrentar determinadas situaciones, de no lograr separarse de cierto padecer que, cual sombra, parecería seguirle los pasos, vaya donde vaya, a la manera de un “destino” personal[2]. (A veces no resulta tan claro que esto que le pasa ahora es similar a cosas que ya le han pasado antes, pero antes o después, la repetición se hace evidente). Pues bien, a veces, en una de esas repeticiones, alguien se cansa, o se ve rebasado por la situación y decide buscar ayuda; muchas veces estos momentos límite son el origen de búsquedas muy profundas, de verdaderos encuentros con lo más íntimo del ser. Polémico y paradójico ser; aquello que más nos pertenece, la fibra más íntima, y al mismo tiempo, lo más oculto y oscuro para nosotros.

En cuanto a estas repeticiones, suelen tratarse de antiguos modos de manejarnos, de enfrentarnos (o precisamente de no enfrentarnos) a las cosas, que ya no resultan útiles, apropiados o satisfactorios en el presente. Es más, tal vez ni siquiera fueron favorables en un comienzo, quizá simplemente fue lo que pudimos o elegimos hacer en algún momento de nuestra vida, cuando las situaciones eran otras, y luego se transformaron en hábitos, en algo aparentemente inseparable, insuperable. Al respecto, es frecuente escuchar la siguiente frase en boca de alguien: “yo soy así”; aún cuando el “ser así” sea algo que le genere muchos problemas en su vida. Pues bien, la buena noticia es que uno puede elegir como quiere que sea su vida. Por supuesto no desconozco que hay ciertas cosas que son, por decirlo de algún modo, “características de uno”; esas particularidades que suelen llamarse la esencia de algo o de alguien. Y aún más, a veces son justamente estos aspectos “esenciales” de alguien los que precisamente le complican la vida. Pero, afortunadamente, aún con esto puede hacerse algo distinto.

 

El arte de transformar

Es cierto que uno podrá en su camino, en su búsqueda, desprenderse de muchas cosas, cambiarlas… “fácilmente” digamos. Pero siempre hay algunas que son las que más cuestan, las que insisten, las que hacen pensar que uno no va a poder con eso, que está demasiado arraigado, en definitiva, “que uno es así”. Y bien, es que hay allí algo de verdad; hay ciertas cosas que no van a desaparecer como tales, pero sí se puede hacer con ellas algo distinto: transformarlas. Adaptando la famosa frase de Einstein a la ocasión podríamos decir: No se pierden, pero se transforman. Pongamos un ejemplo[3]: Imaginemos que hay alguien que es extremadamente fantasioso, que parece transitar su vida en un mundo de ensueños[4]. Esto podría convertirse en un problema a la hora de, por ejemplo, conseguir un trabajo, hacerse cargo de ciertas responsabilidades que le permitan mantenerse, más aún, mantener una familia, etc. Sin embargo, esta aparente, o real, dificultad para conectar con la realidad podría llegar a constituirse en “su modo particular de construir su realidad” si, supongamos, esta persona se transformara en escritor por ejemplo. Así, el aparente obstáculo, si lograra ser encausado, moldeado exitosamente, podría transformarse en el motor, la llama de su trabajo (y por qué no de su vida, de algún modo). Encontré una frase de Duke Ellington[5] que me parece fantástica para dar cuenta de esto: “Simplemente tomo la energía que usaría para enojarme y escribo algún blues.”

En relación con esto, es muy común escuchar hablar de la sublimación en relación al arte. Se entiende por sublimar el hecho de transformar ciertas tendencias primarias, socialmente no aceptadas, en otras que sí lo sean (un ejemplo frecuente que se escuchaba en la universidad hace tiempo atrás, era que una buena forma de sublimar el sadismo de alguien podía ser convertirse en cirujano. Volviendo a lo dicho anteriormente, el arte aparece como el modelo princeps de la sublimación, y puede que lo sea, pero creo que siempre que se logre transformar algo problemático para uno, digamos, en algo satisfactorio, beneficioso, hay algo del orden de la sublimación en juego. En todo caso, lograr dar ese paso es todo un arte, una “invención personal”.

Podríamos decir que de algún modo, y con la particularidad de cada persona, esto es lo que se espera de un análisis. Poder dejar la queja, el lamento por lo que no fue, por lo que no se tiene. Abandonar la espera de lo que no será y lograr hacer algo bueno con lo que hay, e inclusive, y fundamentalmente, con lo que no hay. Esto, y por supuesto, poder renunciar a esa cuota de masoquismo que, en mayor o menor medida, se alberga en cada uno de nosotros.

 

El “dark side”

Para aquellos que no están familiarizados con la cuestión, suele ser casi insoportable, increíble, pensar que uno alcance cierta “satisfacción” en el padecer; satisfacción absolutamente paradojal, por cierto. Pero ¿cómo?, ¿acaso no era como proponían los filósofos griegos, que uno naturalmente buscaba su propio bien? Si y no. Una parte nuestra tiende a nuestro bien, pero hay otra que disfruta, morbosamente (aunque suene feo), en nuestro dolor. Algo así (bueno, en verdad bastante más complejo) como cuando uno se saca una cascarita y le duele pero no puede evitar hacerlo; esa extraña sensación de regocijo en el dolor. O cuando alguien triste por una pena (de amor supongamos), se pone a escuchar temas musicales que, lejos de animarlo no hacen más que darle consistencia a su desazón.

Ahora que menciono los temas musicales me acuerdo de un tema que para mí grafica muy bien este tipo de satisfacción paradojal: “Influencia”, de Charly García. Lean la letra si pueden, yo sólo voy a destacar dos frases. La primera: “Si algo controla mi ser”; da cuenta de esa fuerza oscura que pareciera obrar en nosotros, a pesar de nosotros. La segunda: “Que placer esta pena”; describe maravillosamente la satisfacción en el padecer.

Este oscuro goce puede manifestarse de muy diversas formas y con diferentes intensidades, pudiendo, en ocasiones, llegar a complicarle muchísimo la vida a alguien. Por eso el esfuerzo que implica adentrarse en las profundidades de uno mismo y destapar cosas que estaban tapadas hace mucho tiempo está, a mi entender, justificado.

 

Soltar amarras

¿Cuál es la ganancia que se espera como resultado de la travesía? El deseo, como motor de la vida. La avidez de vivir, la soltura. Toda la energía con la cual se cuenta para producir, para disfrutar, cuando al fin se la puede liberar de esos lugares oscuros en los que estaba estancada. Encontrarse al fin, y poder soltar a esos “Otros” que están siempre mirándonos desde algún lado, con sus mandatos, sus expectativas, sus enojos… (Padres, maestros, jefes, pareja, etc.; cualquiera puede encarnar este lugar). El Otro del “qué dirán”, el Otro al que se busca complacer o al que se busca contradecir; en definitiva es lo mismo. Por supuesto, no se trata de que uno se convierta en un ermitaño, en absoluto, aunque definitivamente la relación con los otros ya no es la misma. Se trata de vivir libremente, de hacerse cargo de las decisiones propias, de tomar responsabilidades, de abandonar la posición infantil. Esto último no es lo mismo que  poder conservar el “niño interior”, lo que se traduciría en mantener una actitud lúdica ante la vida, con ansias de conocer cosas nuevas.

De seguro habrá muchas cosas más, singulares, que justifiquen para cada uno su propia búsqueda; pero eso, sólo uno puede averiguarlo.

 

                                                                                              Lic. Fernanda Trezza

 

[1] Con la doble acepción de “estar perdido” también.

[2] Doy sólo algunos ejemplos que se observan con frecuencia: ponerse en situaciones de peligro o maltrato (o ser siempre el chivo expiatorio); no concretar nunca los deseos, proyectos; no sentir deseo;  inhibirse frente a determinadas situaciones; no poder salir de una dependencia de algo o alguien; no poder dejar la infidelidad; encontrarse una y otra vez en relaciones triangulares; no poder parar de pensar (cuando ciertos pensamientos se vuelven tortuosos); endeudarse una y otra vez, etc., etc., etc.

[3] Siempre me han parecido muy útiles los ejemplos aunque me gusta advertir sobre la importancia de no quedarse adherido a ellos, de mantener siempre un más allá del ejemplo.

[4] En este punto no puedo evitar recordar dos frases dichas por Cortázar en una entrevista: “Yo me siento más cómodo en un terreno que toca lo irracional” y “Yo me movía con naturalidad en el terreno de lo fantástico sin distinguirlo demasiado de la realidad”.

[5] Famoso jazzista estadounidense.