Escuchar a los chicos

Escuchar a los chicos

“El síntoma del niño está en posición de responder a lo que hay de sintomático en la estructura familiar”

Jacques Lacan

 

Los chicos hablan mucho más de lo que habitualmente uno escucha o comprende, de hecho todo el tiempo están diciendo cosas, tanto con palabras como con acciones (también con sus juegos, historias que inventan, temas que de pronto los atraen, etc..). Si uno realmente está atento y tiene cierto entrenamiento de escucha puede darse cuenta de lo sensible que son los niños a lo que reciben de su entorno (aunque uno piense que no entiendan), y cómo lo que les sucede está íntimamente vinculado a la interacción con su círculo más cercano, en general su mamá y su papá y la trama vincular que se teje entre los tres.

Pensemos que un bebé cuando nace es un ser inmaduro, muy dependiente, que necesita de sus padres para sobrevivir y de hecho, a diferencia de los cachorros animales, va a necesitarlos por mucho tiempo. Por este motivo un niño necesita “agradarle” a sus cuidadores, asegurarse su amor, ser algo para ellos. Durante mucho tiempo los niños van construyendo su identidad tomando como soporte a las personas más cercanas y las cosas que a estos les agradan. El deseo surge estructuralmente como identificación al deseo del otro, en parte porque si se es lo que el otro desea entonces uno se asegura en cierta forma el amor del otro (por ej, mamá o papá valoran la creatividad, el orden, la inteligencia, los logros, la rebeldía, etc..) Este es un mecanismo constitutivo del psiquismo humano que se supone uno tendría que poder soltar a medida que crece (tener que agradar al otro para que éste me quiera, me cuide, me asista). El trabajo será luego separarse del deseo del otro o en todo caso hacerlo propio, pero separarse del otro. Son dos fases constitutivas, lógicas y necesarias, alienación primero luego separación.

 

“Me lo hace a mí”

Hay una situación muy frecuente para muchas madres y es la sensación, o la evidencia a veces de que algunas cosas los chicos solo “se las hacen” a ellas, o, aunque no sea una dinámica exclusiva del vínculo con la madre, por sobre todo se potencia en el vínculo con ella o puede verse en éste una gran dificultad de manejar una situación determinada produciéndose una especie de pegoteo, una dinámica viciada de la cual no se sabe cómo salir, como cortar. Los ejemplos son varios, hay algunos más comunes como que la madre sienta que no puede hacer nada cuando está con los chicos porque estos la demandan todo el tiempo (algo que realmente puede ocurrir pero en todo caso lo interesante a ver es por qué en ciertos casos pareciera que esto no puede frenarse, dejando a la madre devorada, atrapada por los niños); que le hagan caprichos a ella sobre todo, que cuando están con ella de pronto dejen de hacer cosas que en el jardín, por ejemplo, hacen sin asistencia o harían si ella no estuviese, como ir al baño solos y limpiarse.

Como siempre habrá que ver cada situación en particular y dentro de esta el momento puntual que atraviesa, porque podría pasar que sencillamente en algún momento un nene quiera un poco de mimos, la asistencia de su mamá en algo en tanto presencia amorosa, que lo cuida, lo acompaña, no porque él no pueda sino porque quiere hacer algo con su mamá. Cuando un chico pide algo (también vale para los grandes), agua a la noche por ejemplo, la demanda más que demanda de una necesidad, como sería la sed, es una demanda de amor, de saber si el otro está ahí para uno. La pregunta que me interesa plantear es si una madre tendría que estar respondiendo siempre a esa demanda, y qué consecuencias tendría esto? Si seguimos la lógica de la que hablamos antes, para que haya separación hay que dejar de responder a todas las demandas. Un chico tiene que saber que sus padres van a estar, sobre todo en ciertos momentos tiene que saber que puede contar con ellos, pero no siempre, no toda madre todo el tiempo.

 

Y la madre, que demanda?

Lo que un niño demanda o manifiesta muchas veces es la demanda invertida de la madre; es decir, a un nivel muy inconsciente la madre le demanda algo a ese niño, que ocupe cierto lugar, cierta función en su sistema, en sus fantasmas, por ejemplo, ser el que le da problemas, ser el que la necesita o el que no puede sin ella, ser su frustración, ser lo que no la deja ocuparse de sus cosas, ser su orgullo, el que hace lo que ella no puede hacer, etc. De todas las evidencias clínicas que dan cuenta de esta “reversibilidad” entre el afuera y el adentro me sirvo de la de una madre que pasó casi toda una entrevista contando cómo uno de sus hijos le daba problemas y ella tenía que estarle encima todo el tiempo para que hiciera las cosas porque sino él no lo hacía, hasta que en un momento el inconsciente hizo su fugaz pero contundente aparición a través de un equívoco, de un fallido y dijo “necesito que me necesite”. Ya no había más que decir (al menos en cuanto a seguir ahondando en la lista de cosas que ese chico hacía para mantener a su mamá ahí). Mientras la mamá necesite que él la necesite (sea para no ocuparse de ella, sea para darle sentido a su vida, para no tener que encontrarse con su pareja, etc) va a ser difícil lograr mover algo en el chico. Detectar esto, este ida y vuelta, esta reversibilidad en la dinámica vincular me parece fundamental para entender que cuando en un niño hay algo problemático, sintomático, por lo cual en algunos casos hasta se consulta con un psicólogo, será necesario poder tocar en otros puntos del “sistema familiar” (y no solo trabajar con el niño) para que, en el mejor de los casos, se disuelva, se transforme la dinámica en juego, aquello que se está sosteniendo invisiblemente, y el chico ya no tenga que cargar con eso.

Lacan decía que un niño es el síntoma de la pareja parental o el objeto de los fantasmas maternos[i]. En este sentido, tomando la primera de las posibilidades, un hijo representa, saca a la luz, algo del vínculo entre la madre y el padre, de la particularidad de ese vínculo, de los lugares que cada uno ocupa; de aquello que “no anda” entre ellos. (También de la relación de sus padres con sus propios padres, síntomas o “patrones” familiares que pasan de una a otra generación, etc.). En el segundo caso, lo que expresa o encarna el niño es la fantasmática de la madre (sus propios fantasmas), pero a mi entender esto nos remitirá al padre y su posición en tanto es éste el que operaría un límite allí. Los niños son los que comúnmente con sus manifestaciones sacan a la luz algo que necesita esclarecerse, que está en cortocircuito, que no fluye armónicamente y genera malestar. De algún modo cuando un niño sintomatiza algo (algo se vuelve un problema para él, o para sus padres), hay una oportunidad de detectar un desequilibrio y transformar, evolucionar. Aquello que a veces no queremos o no podemos ver el chico lo hace visible y hay ahí una oportunidad de trabajar con esto. A veces es sólo cuando esto pasa que pueden abrirse camino ciertas preguntas que uno antes no se hacía. En verdad cualquier problema tiene un trasfondo de oportunidad en algún punto; a partir de enfrentarse a éste, algo nuevo se abre.

 

Y el padre?

Más allá de la modernización de los roles femeninos y masculinos y de que lo materno y lo paterno son funciones simbólicas, además de personas reales de carne y hueso, el lugar que un hijo ocupa para la madre y para el padre suele ser distinto. Esta diferencia tiene que ver con diferentes cosas, podríamos mencionar el hecho real de haber vivido la madre la experiencia de dar a luz un cuerpo de su propio cuerpo que luego se separó, lo cual tiene su efecto desde lo real y también a nivel imaginario, pero no alcanza, el lugar del hijo está muy vinculado también al registro simbólico. A su vez la constitución de lo femenino y lo masculino implican un entramado real, simbólico e imaginario que determinará que un niño en general no ocupe el mismo lugar para la madre que para el padre y que a su vez él mismo tenga diferentes experiencias en estos vínculos.

Hay una experiencia casi arquetípica y es que frente a lo materno hay cierto anhelo y a la vez temor de ser reintegrado, de fusionarse. Hay allí un fantasma muy común en juego de quedar atrapado en las fauces maternas y es allí donde la entrada del padre (de la función paterna) se manda a llamar. Lacan metaforiza el deseo de una madre sobre su hijo con el ejemplo de la mamá cocodrilo que se mete a sus hijos dentro de la boca para poder transportarlos pero el riesgo es que algo pase y pueda tragárselos, y dice que la función paterna es la de ser el palo que trabe la boca para que esta no pueda cerrarse[ii]. Esto no quiere decir, (o al menos más allá de Lacan la lectura que yo hago a partir de la clínica) que las madres quieren devorarse a sus hijos o que son una suerte de monstruos peligrosos y los padres los redentores. Lo aclaro porque es común que pueda hacerse esta interpretación a simple lectura, sobre todo porque la “culpa materna” puede contribuir a esto, a creerse una mala madre, y por otro lado porque creo que el feminismo ha leído estas teorizaciones (o tal vez más aún las freudianas del Edipo) como patriarcales, como desacreditadoras de la madre, como una intención del patriarcado de arrebatar al hijo de la madre y cubrir ese vínculo de culpa, y aunque podamos discutir si el discurso de Lacan responde a un discurso patriarcal creo que toca muy sensiblemente un punto nodal, estructural del ser humano y de ese vínculo tan particular que es el de una madre y su hijo. Es muy fuerte el lugar de la madre, porque ocupa de algún modo el lugar del paraíso perdido, de un primer momento mítico de plenitud que luego ya nunca volverá a repetirse, y, podríamos especificar que ni siquiera es la madre ese “objeto” mítico, pero ella está llamada a ese lugar del primer gran Otro de los cuidados, del amor, de la agresión también…Por otro lado, en la madre, si bien distinguimos lo materno de lo femenino, esto se articula y lo femenino es algo que tiene relación con lo ilimitado, lo infinito, lo sin borde (esto puede localizarse en el goce femenino pero también en otras cuestiones). Es por esto que un hijo puede aparecer como el depositario de ese exceso, y es aquí donde es necesario intervenir. Hay mucho para decir sobre esto, pero me interesa resaltar algo de la intensidad, incluso arquetípica del vínculo con la madre y de la necesidad de que, para que un niño pueda constituirse con su propia subjetividad, algo haga de límite, de corte en ese vínculo. La función paterna es ser un límite al exceso (límite a la madre y también al hijo), una intervención para que el niño pueda constituirse como sujeto, separado, para que pueda soltarse de la madre (no solo que se separe físicamente sino en el plano que no se ve, que deje de ocupar cierto lugar) y salir de la endogamia al mundo externo. Y aquí es donde suele aparecer la dificultad. En ocasiones esto se debe a la dificultad del hombre de enfrentarse a la mujer, de frenarla, por su propio fantasma en relación a lo ilimitado femenino (que puede verse en ciertas formas populares: la bruja, la loca, la insaciable, la histérica..) y también por su propia dificultad de corte con su propia madre (bien se sabe que haber formado una nueva familia con una mujer no implica un corte bien resuelto con la madre necesariamente; lo mismo para las mujeres). A veces tiene que ver con cierta comodidad en el sentido de que puede ser más sencillo que la mujer se encargue de los hijos mientras él se ocupa de otras cosas, y en oportunidades la intervención del padre puede ser bajo la forma del enojo, la explosión, entrar a poner un “límite” cuando la dinámica del niño y la madre ya está muy viciada, gritando, pegando, castigando, dando por resultado generalmente un exceso, más exceso, en lugar de un límite al mismo. Esto (además de dar cuenta de la dificultad del hombre para operar allí, de su propia impotencia al respecto, por eso la agresión) en lugar de separar, suele reenviar al niño a la madre; el padre no funciona como puente al exterior sino que al ser tan atemorizante empuja al chico a los brazos maternos.

Quiero aclarar, que la función paterna, por ser una función, puede estar presente aunque el padre no lo esté, cumpliéndola otra persona, incluso la madre, si algo le permite esta regulación. De todos modos la presencia o no del padre real tendrá sus consecuencias, y en este caso me interesaba trabajar con los padres que sí están y la importancia de su intervención en este “pasaje”.

 

Ver para crecer

De algún modo, los vínculos que tenemos son un poco espejos a través de los cuales podemos ver y trabajar cuestiones que tienen que ver con nosotros mismos. Esto pasa también con los hijos; muchas de las cosas que ellos manifiestan, que de ellos nos enojan, nos preocupan o nos gustan nos dan información acerca de nosotros, acerca de lo que ellos ven de nosotros, de cómo somos con ellos y de algunas más profundas también. La diferencia con el trabajo con un adulto (con los adolescentes se está en un punto intermedio, como es característico de la adolescencia) es que aunque los adultos también se presentan con problemáticas y fantasmáticas vinculadas a otros significativos que no han podido soltar, transformar, cuando uno es adulto ya es hora de hacerse responsable de su goce y si uno está enroscado en ciertos circuitos (siempre en los mismos, pueden variar en apariencia pero el contenido suele ser el mismo) no tiene sentido alguno responsabilizar a los padres o a otros por lo que en algún momento hicieron. Se trata de elaborar ciertas marcas y hacer algo distinto con eso, dependiendo ahora esa decisión de uno mismo. Pero cuando se trata de un niño es muy difícil que cambien algunas cosas en él si los otros elementos del sistema no se transforman. Es verdad que a veces algunas cosas no pueden cambiarse y en todo caso el trabajo con el chico puede ayudarlo a elaborar una situación que le toca vivir del mejor modo posible, pero si las partes en juego toman lo que sucede como una oportunidad de ver qué está pasando y transformar algo allí, el trabajo puede ser muy enriquecedor y los niños, podrán seguir jugando.

Lic. Fernanda Trezza

 

[i] Lacan, Jacques “Dos notas sobre el niño”, Intervenciones y textos 2, Ed. Manantial, Bs. As.,Págs.55-57

[ii] Lacan, Jacques, El Seminario, Libro 17: “El reverso del psicoanálisis”. 1969-1970. Ed.Paidós. Pág.118