El no sé qué de la otra…

Todo comienza…bueno, en verdad todo comenzó mucho antes, pero la idea de este trabajo decanta, a partir de un episodio que me hace notar un hombre. Se trata de algo que ha visto, con cierta sorpresa, según sus ojos de hombre. La situación es la siguiente: una mujer está almorzando en un restaurante con su esposo, o pareja y sus dos hijos; aparentemente todo anda bien, todos ríen, conversan y disfrutan de sus vacaciones (si, esto transcurre en una ciudad de playa en verano). De pronto llegan al lugar dos mujeres, tal vez un poco más jóvenes que la mujer que almuerza con su familia, tal vez no. Una de estas chicas llega, como suele suceder en lugares de playa en verano, con un pantalón pero sin remera, en maya. A partir de ahí la mujer que antes almorzaba tranquila parece no estarlo más. Mira de arriba a abajo a la recién llegada y su cara se transforma, ya no es la misma, ya no se la nota distendida sino algo incómoda tal vez, perturbada.

El hombre que me detalla esta situación, termina su relato con el comentario: “Ni que hubiera llegado Penélope Cruz”. Puede ser, a los ojos de este hombre, pero es evidente que algo en esta mujer inquietó a la otra, algo que sus ojos vieron como deseable.

Casi en simultáneo con el fin del relato tomo conciencia de que en el lugar donde estamos están pasando un CD de temas románticos, una especie de compilado de cantantes que, aunque lejos están de ser los que más me gustan, me vinieron muy bien para “ver” qué es lo que esas letras tienen en común que funciona como un imán para el público femenino (para cierto público femenino); todos le cantan a una, una entre todas, una que eligen, a la que aman y desean aún con su “grasa abdominal”. Y ahí, producto de esa sincronicidad del relato y las letras de «amor» se esclareció para mí..

Ser la única

Es en este punto que retomo la pregunta original, la pregunta de las preguntas de la feminidad (¿qué quiere una mujer?) y me contesto: no todas las mujeres son iguales!!, pero, me atrevo a decir que en muchos casos en algún punto se quiere ser la única; y aquí empiezan a complejizarse un poco las cosas, como casi siempre pasa con las mujeres, lo cual no implica algo negativo en sí. Quiero decir que esto puede tener diferentes vertientes. Puede, en algunos casos, implicar ser la única entre todas, en ocasiones inclusive la única para todos, por ejemplo: la más linda, la más inteligente, la más audaz, la más…No importa cuál sea el calificativo, siempre se trata de algún aspecto destacado para ella o que haya sido destacado por algún hombre o mujer de su interés y entonces pasa a ser para ella una virtud.

Aquí no solamente se encuentran las mujeres que buscan tener una aprobación masiva o seducir de un modo indiscriminado (por ejemplo ciertas mujeres del espectáculo en una lucha desenfrenada por ser “La” diva, la del mejor cuerpo, la mejor); también podríamos pensar aquí a aquellas mujeres que estando en pareja, sintiéndose amadas y deseadas por un hombre, de todos modos sienten peligrar su lugar, casi su identidad como mujeres si aparece una mujer que ellas consideren que podría reemplazarlas, superarlas en algún punto. Esto es, en la mayoría de los casos, por considerarlas lindas, interesantes, por tener cierto estilo, por tener un «no sé qué». Así es como suele jugarse una especularidad donde la del otro lado (del espejo, si se quiere, ya que se trata en definitiva de ver aquello que no se logra atrapar de lo femenino en la otra, u Otra deberíamos decir) pasa a ser la única protagonista, “La” Mujer. Sólo hay lugar para Una en el feroz estadío del espejo. Una triunfa, la otra es desecho, un triste reflejo; tal como esos laberintos de espejos en donde según el cristal con el que uno se mire la figura aparece deformada, grotesca, en el mejor de los casos causando gracia, en el peor de ellos causando angustia.

Hay algunos aspectos curiosos de esta situación. Uno de ellos es que, graciosamente puede suceder, y de hecho ocurre con frecuencia, que ambas participantes de este “juego de espejos” piensen o sientan que la otra es la verdadera, la que tiene el encanto de la feminidad. En ocasiones este encanto puede estar encarnado en algún atributo bien definido y otras veces aparece como un “no sé qué” que la otra tiene, un misterio que la hace deseable.

Otro de los aspectos interesantes de esta situación es que, muchas veces aquella otra mujer “rival” lo es a partir de haber percibido que ella genera cierto interés, deseo, en los hombres.

Más allá de que podamos considerar a esta situación una exageración, lo curioso sin embargo es que esta misma experiencia de envidia o celos puede darse perfectamente sin que entre una mirada masculina en escena, o mejor dicho, una mirada de un hombre concreto presente. Quiero decir con esto que seguramente hay ahí una mirada masculina en juego, pero esta está encarnada en la mujer que mira. Esto es, cuando una mujer mira a la otra y la considera deseable, peligrosa en tanto rival, objeto de sus celos, la está mirando con ojos de hombre, y esta “mirada de hombre” la construye tal como fue construido Frankenstein, con fragmentos de cosas que escuchó, vio, percibió, que ciertos hombres deseaban. Puede que estos últimos sean hombres más o menos influyentes para ella, aunque en definitiva de algún modo todos lo son en la medida de que le dan una “pista” acerca de qué es aquello que hace deseable o “amable” (en el sentido de amada) a una mujer. En cuanto a estas “pistas”, éstas pueden transformarse en andamiajes para la construcción de la propia feminidad de una mujer, esto es, funcionar como atributos a identificarse que le permitan ir armando, eligiendo su propia forma de ser mujer, o pueden llevarla a un callejón sin salida en la medida en que es imposible construir “Una” forma de ser mujer. A propósito de esto se me ocurren esas eternas encuestas acerca de si los hombres prefieren a las rubias o a las morochas por ejemplo. Encuestas en las que los hombres dan su opinión, particular en cada caso, y las mujeres leen en busca de algo que de todos modos siempre se les escurre, “La” respuesta…Siempre habrá algo que quedará afuera, algo que se perderá (por seguir con el ejemplo anterior, muuuuy básico, si, pero gráfico, no se puede ser rubia y morocha a la vez) y tal vez el misterio, y por qué no el encanto de la feminidad tenga que ver con ese poder hacer algo con lo que hay, o precisamente con lo que no hay, con la definición que no hay.

Ser la Una para Uno

Por otro lado, pienso en otra forma en que una mujer puede ser la única, una forma que sea para ella estabilizadora, y no devastadora. Esto es, cuando una mujer logra ocupar el lugar de única para un hombre. Es decir, que pueda sentirse amada y deseada por un hombre y que esos sentimientos tengan tal particularidad que la ubiquen a ella en un lugar especial, aquel que le permita liberarse, soltarse, desinhibirse, ir más allá de los límites de su cuerpo; sentir una seguridad tal que su lugar, su ser de mujer no se vea amenazado por ejemplo si el hombre con el que está mira a otra mujer. En este punto considero que tal “estado”, si puedo llamarlo así, depende tanto de que un hombre pueda conjugar el amor y el deseo sexual en una mujer de un modo singular, como de que esa mujer pueda encarnar ese lugar y deje de pretender que la “verdadera” feminidad estará siempre en Otra. Lo digo porque he descubierto lo dificultoso que resulta para muchas mujeres salirse del juego de espejos con otras mujeres, de la trama de la envidia; hay una atracción en todo esto que no se resigna fácilmente. No es algo inusual que las mujeres muchas veces se arreglan para otras mujeres; me atrevería a decir que en ocasiones pueden estar más interesadas en fascinar a otras mujeres que a ciertos hombres. Y bien, en este punto mi hipótesis es que, en la medida en que una mujer esté tan tomada por este juego de rivalidad y atracción con otras mujeres, en la medida en que gran parte de su goce se juegue allí, más dificultoso será su acceso al lugar de única para un hombre, a poder drenar ahí su misterio de mujer y buena parte de su goce, ya no sólo el goce producto de su imagen, sino el otro, aquel que puede brotar cuando una mujer cierra los ojos.

Este es uno de los aspectos que caracterizan a la histeria, su dificultad en el acceso a la feminidad; si se quiere, a lo que de vacío hay en la feminidad, a lo sin respuesta ni definición de la feminidad. La posición histérica en este punto es la que se ubica del lado del menoscabado en el espejo para sostener así que hay un lado “completo”, sin rajaduras, al que podría llegar en algún momento si sigue el camino indicado, las “pistas” correctas. Sin embargo, lo mismo podríamos decir de aquella posición que cree ser “el lado bueno del espejo”, que cree encarnar la completad, “La” mujer. Suele suceder que en cuanto aparece la mínima fisura (y esta siempre aparece) todo se desmorona. Así es como tantas mujeres pasan gran parte de su vida haciendo lo imposible por tapar las fisuras, entregadas al sacrificio de sostener una ilusoria completad; tan ilusoria como imposible. Me atrevería a decir que se trata de dos caras de una misma moneda; pretender el todo tiene como contratara la nada. (El todo mismo es una nada en la medida en que no existe.) Así, una misma mujer puede encontrarse aleatoriamente de uno o del otro lado del espejo, y ambos quedan alienados en una imagen fantasmal, lejana, en un goce especular más o menos tortuoso.

Me pregunto entonces, ¿dónde queda ese goce (y esos goces) que una mujer puede experimentar una vez que logra desprenderse de los espejos? ¿Qué lugar queda para el cuerpo real y sus placeres? ¿Será cierto que a una mujer puede asustarla sumergirse en sus propias profundidades, oscuridades..? por qué…?

¿Cuánta energía, cuántos placeres se han derrochado, mujeres, al filo del espejo? Es el del espejo un placer en si mismo…? Creo que una mujer puede obtener un goce de su imagen, pero si provoca dolor, hay en juego un goce oscuro que «vale la pena» cuestionar..

Lic. Fernanda Trezza