Y tú… ¿cueces o enriqueces?

Imagino que al leer el título del post, alguna persona habrá recodado ese slogan que se hizo tan famoso hace años. “Con agua cueces, con xxx enriqueces”. Para los que no lo conocéis, os diré que hacía referencia a la necesidad de aportar algo más al simple hecho de cocer los alimentos. Se trataba de darles un toque especial, más sabor, mas aroma.

En ocasiones utilizo esta frase para provocar una reacción en alguien y generalmente encuentro sonrisas nerviosas o cejas levantadas. La mayoría de las veces la preguntita ¿tu cueces o enriqueces? da mucho de sí para múltiples reflexiones. ¿Podría ser éste un mensaje que pudieramos aplicar constantemente en nuestras vidas, día a día, cada mañana al levantarnos? ¿Podría ser una pregunta lo suficientemente motivadora para que nos ayudara a vivir la vida de otra manera?, ¿Qué impulsa a las personas a cocerse en su propia vida, apegándose a su rutina, a lo cotidiano, a no expresar sus emociones genuinas, a no ser uno mismo, aún cuando todo ello no le haga sentirse plenamente feliz? ¿Quizá sea por el grado de comodidad de lo predecible? ¿Quizá el miedo a lo desconocido que produce un abismo aterrador?, ¿es posible que se deba a una desconfianza básica en uno mismo que nos impide agarrar lo que necesitamos porque no nos sentimos capaces de conseguirlo?…

Uno de los aspectos fundamentales del ser humano es su capacidad de elección.  Parece claro que la libertad de elección sobre lo que hacemos con lo que nos pasa en nuestra vida, pertenece a cada uno de nosotros. El  ser humano es libre para poder decidir el impacto que tiene en su vida las cosas que le acontecen, aún las más difíciles de asimilar. Podemos elegir entre ser pasivos o luchar, vivir según nuestros códigos o adaptarnos a los de los demás, seguir una rutina o abrir nuevos horizontes.

Sin embargo, también es cierto que muchas personas se sienten esclavos de sus circunstancias, incapaces de cambiar el rumbo de sus vidas, de romper ataduras, pese a que su realidad no les resulta en absoluto placentera. Es como si nosotros mismos nos pusiéramos unos grilletes que nos impidieran dar un primer paso para el cambio, coartando nuestra propia libertad de elección, esa libertad básica del ser humano. Nos encerramos en la sensación de que no podemos hacer nada por variar el estado de las cosas, que no somos dueños de nosotros mismos, que son las circunstancias las que mandan y las que gobiernan nuestra vida.

Uno de los conceptos fundamentales del Análisis Transaccional, es el guion de vida. Un argumento elegido de pequeños con los mandatos de nuestros padres y figuras significativas,  en el que nos otorgamos un papel protagonista que piensa, se emociona y actúa de una determinada manera según esa decisión tomada. Es una forma de vivir la vida que parece que se perpetúa y que puede estar llevándonos a tropezar una y otra vez en la misma piedra, teniendo la sensación de que hagamos lo que hagamos, parece que  nunca vamos a poder cambiar las cosas.

Este guion, en la mayoría de los casos, se ha decidido sobre prohibiciones inflexibles, sobre “deberías” rígidos aprendidos en sociedad y asimilados por el niño pequeño con el objetivo de poder seguir sintiéndose querido y/o evitar que le abandonen o incluso se le haga daño. De esta forma, desde chiquitines aprendimos estrategias para que nos quisieran, que tendemos a repetir en nuestra vida adulta y que en muchos casos nos resulta difícil eliminar, aún cuando actualmente esta forma de vivir la vida, nos pueda estar causando problemas.

Si la decisión tomada sobre nosotros mismos fue autolimitadora, es posible que nos sintamos incapaces de cambiar nada, de no ser dueños de nuestra vida y de lo que nos pasa. Si nuestra vida se basa en gran parte a partir de lo que marca ese guion prefijado, cerrándonos a otras formas de vivir, de sentir, de pensar, por miedo a lo desconocido, seguramente estaremos cociendo nuestra existencia.

¿Cómo podemos salir de ese guion rígido y así poder enriquecernos a  nosotros mismo, convirtiéndonos en lo que queremos ser, atreviéndonos a mostrarnos como somos, con nuestras luces y nuestras sombras, aceptando el miedo a lo desconocido, atreviéndonos a abandonar nuestra zona de confort, tomando decisiones para modificar lo que no nos hace plenamente felices?

Cuantos más permisos nos demos para mostrar nuestras emociones, nuestros anhelos, cuando aprendamos a darnos permisos para perseguir lo que necesitamos, menos estamos sujetos al guion y seguramente más libres y en sintonía nos sentiremos, consiguiendo de esta manera enriquecer nuestra existencia, abriéndonos a nuevas perspectivas, relaciones, actividades y compromisos. Aportando a nuestra vida más sabor, color y aroma.

¿Cuántas personas tienes a tu alrededor que cuecen? ¿Cuántas consideras que enriquecen? ¿Cómo actúan unos y otros, cómo los reconoces? ¿Cómo cueces tu vida? ¿Cómo enriqueces tu vida?  ¿Qué te gustaría hacer, pero que no haces por miedo a…?.

Comencemos a enriquecer, a darnos permisos para saborear cada día, abramos los ojos al regalo presente que es el día de hoy, seamos conscientes de lo que queremos hacer con nuestra vida, atrevámonos a sentir tanto lo bueno como lo malo que nos pase y tomemos decisiones al respecto, seamos conscientes de nuestro presente, respiremos libertad para elegir, será señal de que estamos VIV@S!.

 

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